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Ruido, pedales y miradas a las zapatillas

Una traducción del inglés al castellano 'shoegaze' podría ser 'mirarse los pies', término sobre el que el periodismo musical hizo énfasis con la generalización de la música independiente a finales de la década de los ochenta y comienzo de los noventa. Nuevas ideas llegaban al mundo del rock en torno a dos polos: norteamérica y las islas británicas. Un nuevo sonido adicto al ruido, a veces caótico y otras no, conquistaría a parte de una generación perdida en búsqueda de nuevos panoramas auditivos.

My bloody valentine

El que los músicos indies tocasen mirándose los pies encontró diversas significaciones. Para muchos la música independiente se autoparodiaba al abordar patrones estéticos comunes un numeroso compendio de bandas, muchas veces de gran diversidad estilística, y sobre los que se deducían connotaciones que iban más allá de lo estrictamente musical: tocar mirándose los pies fue analizado como un gesto de timidez o miedo escénico en los músicos indies ya que, teóricamente, a éstos les repelía los grandes escenarios y públicos, siendo el motor de su actividad la individualidad para dar salida al interior de la persona. Los medios de comunicación especializados pronto pasaron a crear un nuevo cliché en el rock'n'roll. Si Nirvana destrozaba guitarras a comienzos de los 90, muchos de sus coetáneos ariscos realizaban un ejercicio de introspección emocional en las actuaciones.

El shoegaze alcanzó su máxima significación en la eclosión de las bandas de noise-rock a finales de los ochenta y comienzos de los noventa. Formaciones como My bloody Valentine o Sonic youth entre otras muchas tocaban mirándose los pies por un sencillo motivo: hacían una música llena de distorsión y diferentes texturas sónicas que solo podían ser sacadas de las seis cuerdas por medio de pedales de guitarra. De ahí el principal motivo de que tocasen mirando el suelo. Más por una necesidad del directo que por una actitud.

La década de los 90 nos dejó auténticas piezas maestras del género, como 'Loveless' de My bloody valentine, todo un tratado musical que supuso la bancarrota de su compañía Creation. Los irlandeses quizá fuesen los máximos representantes del término y 'Loveless' la biblia del género, si bien no fueron los únicos ni los primeros. Más volcados en el punk neoyorquino y art-rock de los 70 llevaban varios años dando guerra en norteamérica Sonic youth, hoy en día aún activos, y también maestros de la música facturada sobre un pedal de distorsión. En las islas británicas destacaban The Jesus and Mary Chain con discos como 'Psychocandy', o el posterior enganche de algunos de sus miembros en los más electrónicos Primal Scream, Slowdive, Cocteau twins, y bandas posteriores influidos por éstos 'padres independientes', como Catherine Well, Felt o Adorable, casi todos grupos adscritos a la discográfica Creation. Incluso el post-rock, género posterior, parece haber aprendido bien la lección, tal como muestra la reticencia eléctrica de los discos de Mogwai o Explosions in the sky entre otros muchos.

El 'shoegaze', existiera o fuese una invención más de los críticos, quizá tuviese algo de fenómeno de respuesta. Al rock de estadios y sus múltiples variantes en Norteamérica y al pop de corte clásico facturado en Gran Bretaña. Opuestos a ellos nacía una música inteligente, que apostaba por nuevas formas y reciclaba y sofisticaba a la vez otra antiguas como el punk. Una receta musical que surgió del anonimato y que no fue mucho más allá de éste.

La década en cuanto a música independiente giraba en torno a Seattle, sede de operaciones de un movimiento, el grunge, cuyas bandas, muy diversas estilísticamente hablando a pesar de compartir escena, dejaron varios de los mejores discos de esos diez años. El éxito masivo de Nirvana con 'Nevermind' (1991) hizo que los medios musicales se centrasen en Seattle y pusiesen los ojos en bandas de indiscutible calidad como Alice in chains, Pearl jam, Soundgarden o Screaming trees.

Años más tarde, grupos alternativos consagrados en el mainstream, como Smashing pumpkins, se autodeclaraban deudores de My bloody valentine, mientras los irlandeses eran reiteradamente ignorados por los medios musicales generalistas. Y todo una escena independiente entre la que destacaba Yo la tengo, Shellac (banda del productor Steve Albini) o los primeros Pavement se deshacía en elogios hacia Sonic youth. Hacia una forma de hacer -y catalogar- música que curiosamente en su denominación no hacia referencia a ningún instrumento, sino a un parte del cuerpo: los pies. Los medios de comunicación acuñaron un término más con el que describir clasificar a la gran oleada de música independiente que inundó toda una década y de la que, hoy en día, queda un gran legado en forma de resaca para una nueva generación.


Sonic youth

Reportaje escrito por Miguel Martínez de la Cruz