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Metro de Madrid: Músicos bajo tierra, ¿Arte o mendicidad?

El metro de Madrid acoge en sus pasillos, andenes y vagones a numerosos músicos cada día. Acordeones, guitarras, violines, teclados o saxofones, una amplia variedad de instrumentos y de estilos salidos de las manos de rumanos, ecuatorianos, españoles, norteamericanos, peruanos o polacos, acompaña a los viajeros del suburbano.

 

Las mañanas de Diciembre congelan los rayos de sol que caen sobre Madrid en los cristales del intercambiador de Moncloa. Tibi carga con su órgano a la espalda escaleras abajo como todos los días, su mirada se pierde entre la gente, todavía no ha aprendido bien el español y tanta información en un lenguaje desconocido le hace sentirse inseguro. Tiene 22 años, lleva dos en España y viene de Rumania. Alto y delgado, se gana la vida tocando sus composiciones en el metro. Como otros muchos, Tibi encuentra refugio bajo tierra, donde su música es su trabajo.

El 17 de Octubre de 1919 se inauguró la primera línea de metro en Madrid. Unía lo que entonces eran los extremos de la ciudad, Sol y Cuatro Caminos. 84 años después, tras múltiples remodelaciones que marcharon al ritmo del crecimiento de la capital, Metro de Madrid conecta Barajas con Fuenlabrada, Arganda del Rey con Herrera Oria o Villa de Vallecas con Pitis, mediante 12 líneas que lo han convertido en uno de los transportes públicos subterráneos más grandes del planeta, junto con los de París, Londres o Nueva York.

A finales de los años sesenta y durante los setenta, mientras el Metro de Madrid continuaba creciendo y la dictadura franquista en España se acercaba a su fin, el mundo se veía inmerso en una gran revolución cultural. Jóvenes estadounidenses, franceses, ingleses e incluso españoles, utilizaban como forma de respuesta al sistema tradicional impuesto por sus antecesores dos expresiones reflejadas en el movimiento hippie y en Mayo del 68: el amor y la música. Estas dos vías para cambiar la realidad inundaron todo el espectro social dándole un nuevo color y un nuevo sentido. Los músicos comenzaron a comprender que su arte y su forma de pensar debían salir a la calle. Plazas, parques, esquinas, cualquier lugar servía como escenario para gritarle al mundo que despertara. El metro era perfecto: calor, gente y tranquilidad.

En pleno siglo XXI, este modo de expresión continúa vigente. Madrid es una de las ciudades que esconde una vida aparte bajo la inmensidad de su extensión. Músicos y viajeros apuestan por convertir el metro en uno de los puntos de referencia cultural, en un lugar de contacto para los ciudadanos, en algo más que una maraña de túneles sucios y oscuros, en algo más que un medio de transporte masificado y agobiante, en un respiro de música libre.

La normativa de Metro de Madrid permite situarse a los músicos "en espacios que no interrumpan el tránsito de los viajeros, siempre que el volumen del sonido no perturbe la actividad de la taquilla", a diferencia del Metro de Barcelona, que tiene reservados lugares exclusivos. Está prohibido tocar en andenes y vagones, lo que supone la expulsión inmediata, al igual que la práctica de la mendicidad. Sin embargo, a pesar de que lo más habitual sea encontrarse músicos en los pasillos, es muy común encontrarlos en los coches, donde su "jornada laboral" consiste en una tensión continua, en una huída continua de los vigilantes de seguridad que se ve recompensada por una diferencia sustanciosa en su "salario".

Ramiro tiene 45 años, es ecuatoriano y hace cuatro años que llegó a España. En su país de origen, era profesor, editor y músico, tenía su propia empresa y daba clases en una escuela. Con el cambio de gobierno y la subida del dólar perdió todo de un día para otro. Intentó llegar a España para poder viajar a Londres, donde pensaba buscarse la vida con sus compañeros de profesión. Su plan tuvo un final trágico y se vio obligado a permanecer en España y ganarse el pan tocando en el Metro y repartiendo publicidad. Hace un tiempo tuvo un juicio con un guardia de seguridad que, al echarle de un vagón, le profirió insultos racistas provocando una respuesta violenta en él. Ganó el caso pero su corazón está muy dolido. "Porque no pueden quitarnos el oxígeno, por eso no nos dejan respirar", dice, explicando la situación de los músicos y su experiencia personal, "la puñalada es la ingratitud, parece que en Madrid tienen complejo de exclusividad, los ecuatorianos no nos merecemos esto porque tratamos muy bien a los que vienen a nuestro país".

Al igual que Ramiro, todos tienen una historia. Como Giovanni, que comparte el ramal Ópera-Príncipe Pío con él. Éste otro ecuatoriano tiene mujer e hijo, se dedica profesionalmente a la música desde joven, canta en el metro y en restaurantes, actividad que compagina con la venta de coches, y también ganó un juicio similar al de Ramiro.

Otros nunca han tenido problemas, como Carlos, un madrileño de unos cincuenta años que lleva veinte tocando en la calle y en el suburbano. Su coleta, sus entradas y sus canas, le dan un ligero parecido a Paco de Lucía y su forma de tocar se acerca a la del maestro. Asegura que tocó con orquestas sinfónicas en Italia, que firmó autógrafos en Japón, que la guitarra ha mantenido a sus tres hijos ya mayores. Ahora prefiere tocar en cualquier lugar, "no me gusta ir de frac y corbata, no es lo mío, ni siquiera dar clases", dice con su acento castizo. Diferente es el caso de Vasile, un peculiar personaje que suele tocar el violín y el saxofón en la estación de Goya y que repite con orgullo y acento polaco: "¡Soy autor, pertenezco a la Sociedad de Autores, no soy un mendigo, yo soy músico!".

Los vigilantes de seguridad prefieren no hablar sobre la presencia de los músicos, se limitan a decir qué está y qué no está prohibido, exceptuando a algunos valientes que se atreven a ir más allá. Uno de estos intrépidos hombres, que, con sólo 25 años, sabe dar su opinión, mantiene que los artistas de Metro "son mu pesaos, se ponen mu farrucos y se enfrentan cuando les echamos, ellos tienen la culpa, nosotros les dejamos mientras no molesten, pero la mendicidad está prohibida". Otro de estos vigilantes, más sensato, es mucho más permisivo con los músicos, les respeta siempre que ellos respeten las normas.

Eventos como Metrorock, que reunió en tres días del pasado Noviembre a 12.000 personas en la estación de Príncipe Pío, donde tocaron grupos importantes del panorama nacional, o como la Maratón Contra el Top Manta, actividad promovida por la SGAE, que apoyó a los "músicos en tránsito" en un concierto en Nuevos Ministerios, promueven la música en movimiento, la música en el metro, convirtiéndola en algo habitual para los ciudadanos. "Gracias a la nueva concepción de las estaciones, luminosas, seguras y amplias, el metro es un espacio excepcional para llegar a la cultura", dijo Gallardón al comentar el sentido de estas actuaciones.

A pesar de las prohibiciones y los problemas de la rutina diaria, a todos los músicos del metro la experiencia les dice que el mejor jornal es la simpatía de las personas, símbolo de honestidad e inteligencia. Para Jorge, mariachi que va de vagón en vagón con su guitarra y su voz, "el 90 % de la gente reacciona positivamente ante la música". Una moneda no es una limosna, es el aprecio de alguien que agradece una melodía. El destino que busca toda forma de arte es acompañar al ser humano. El metro es el mejor lugar de encuentro.

Reportaje escrito por Adriano Galante