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Todavía vivo Sobre una habitacion desnuda un niño sin ropa. Una vez no tuvo responsabilidades. Una vez se sintió vivo. Las cortinas se entreabrieron y entró una fina columna de luz, un halo misterioso, que golpeada incesantemente sus ojos, haciendo que en su retina resplandecieran recuerdos del pasado, proyectados sobre la roja pared, de papel medio despegado y envejecido, únicamente adornada por aquel cuadro, donde reposaban cumbres de montañas salidas de su mano, torcidas colgando de una vieja argolla. La luz entraba a trompicones, cómo si la propia casa quisiera seguir sumida en las tinieblas. El resto de la estancia era puro vacío, cómo el vacío que el propio Jeremy sentía. Una figura, un padre, un referente, "palabras mayores" se habían perdido en el compás de la brújula. Y ahora él navegaba solo, por el vasto y peligroso océano, pendiente de una débil tripulación de la que era único salvavidas. Demasiada presión, dolor y una angustia que no paraba de oprimir su pecho. Su cuerpo había sido exprimido como un limón, cuyo zumo penetra de forma ácida y desagradable en la boca. Demasiadas dudas, junto a la rabia del que intenta encontrar un "por qué" a la huida. Las estrellas se habían fundido, sus ojos estaban secos y ardían encolerizados, los malos momentos se fijaron a su cuerpo como estigmas y todos sus recuerdos se proyectaban ahora, a través de su retina, sobre la pared, teñidos de negro. De golpe sintió una nausea. El chico se levantó y sus fríos pies desnudos empezaron a correr por el parquet, huyendo de un sentimiento de impotencia que se impregnaba como melaza por los muros de la casa. Un zumbido, parecido al de las abejas, crecía en su cabeza. Abrió la puerta tras bajar a trompicones las escaleras, salió al porche, donde la luz le cegó por momentos y echó a correr, desnudo, sin rumbo. Pasado el jardín y abandonada la parcela, penetró como un animal herido sin rumbo en el espeso bosque de eucalictus. Los árboles, muy altos, se cerraban ante él como los barrotes de una prisión y potenciaban aún más la sensación de agobio. El calor, asfixiante, se mezclaba con los gemidos y una respiración entrecortada. No pudo más: cayó y sus rodillas se impregnaron de barro. Allí quedó el pequeño tendido, sumiéndose en lo más profundo de su dolor y viviendo la escena máxima de su decadencia. El zumbido aumentaba, las lágrimas regaban un fango, flujo uniforme, que parecía reír y querer saltar para untarse por su cara. Autocontrol o dejarse llevar. Podía liberarse o enfrentarse a la miseria. Algo tan simple como un "bang". El sueño le tentaba. Pero "todavía estaba vivo". Relato inspirado en el disco "Ten", de Pearl jam |
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