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Metrorock 2005 [24 y 25 Junio. Recintos feriales Juan Carlos I. Madrid]:

Sábado 25 de junio


The Sunday Drivers

Para aquellos que piensan que la música ha de ser un bien cultural gratuito, la edición de 2005 de Metrorock no era más que una traición a una serie de valores. Los organizadores sacaban por segundo año consecutivo al festival de los andenes del metro y, por primera vez, ponían precio a un cartel que ganaba en cuanto a número y calidad de artistas.

La nueva cita quedaba así programada en el Campo de las Naciones, y uno de los mayores reclamos del festival era su acertada combinación de estilos en los escenarios, por donde pasarían indies de pro -Nacho Vegas, La habitación roja-, rockeros nacionales que pintan canas -Josele Santiago, Siniestro total-, independientes de radiofórmula -Bebe- y artistas simplemente inclasificables, como el americano Beck. Bajo tan heterogéneo cartel Metrorock arrancaba el viernes con la intención de conseguir un sitio propio dentro de los varios festivales que se celebran en nuestra geografía anualmente con la llegada del buen tiempo.

Y a pesar de ser un acontecimiento aún en estado embrionario, el festival demostró a lo largo de sus dos jornadas que tiene capacidad para ello. Un recinto privilegiado, buenas comunicaciones y una gran organización -a pesar de que el segundo día no dejasen pasar bebidas a los asistentes cosa permitida el primero- hicieron de la visita a Metrorock algo agradable puesto que, en este tipo de festivales, no todo es únicamente música.

Nacho Vegas fue uno de los primeros en actuar en la jornada del sábado. Al ex-Manta Ray le tocó luchar contra el calor, algo que no fue inconveniente para que ofreciese una gran actuación. El gijonés en solitario desecha gran parte del experimentalismo que hacía de su anterior banda una de las más vanguardistas de europa y echa la vista atrás, hacia artistas como Leonard Cohen, Neil Young o Nick Drake para crear música rock a la que aporta matices de contemporaneidad. Centrado en su último trabajo, 'Desaparezca aquí' y acompañado una sólida banda, 'Las esferas invisibles', interpretó canciones que en directo apuntaron alto.

Su actuación coincidió en horario con la de los vigueses Kannon, bastante menos sutiles y virados hacia el rock más agresivo y cortante. A ritmo de contundente rap-metal y con letras reivindicativas el combo vigués ofrecio un sonido compacto y poblado de decibelios. Con Limp bizkit como influencia quizá demasiado evidente ofrecieron una actuación que entusiasmó al público -entre el que rondaba el futbolista Mono Burgos, que horas antes tocaría con su banda- amante de los sonidos duros. Una nota cortante y positiva dentro del cartel más indie de Metrorock que se saldó con botes en las primeras filas.

Athom Rumba tomaban el escenario principal sobre las seis de la tarde y desde entonces mostraron empeño en sacudirse cualquier etiqueta que se les pueda colgar cómo músicos y en demostrar que, en ellos, ante todo hay actitud. Luchan por granjearse una personalidad propia, algo de agradecer, aunque paradójicamente un excesivo empeño en ello puede desembocar en pose y en parecer antinatural. Quisieron comerse al público, y parte de éste les miraba indiferente. Abordaron una actuación enrevesada y caótica, como lo es su batidora musical, en la que caben funk, punk, blues, garaje, hardcore, power-pop y que a veces funciona de forma brillante pero otras muchas se atasca y termina por aburrir. Demasiada actitud y riesgo para las masas.

Mientras Sugarless planet jugaban sobre seguro en el escenario verde. Si Atom Rumba destacaban por su atrevimiento, los madrileños se limitaban tercamente a ofrecer su sesión de rap-metal un tanto previsible y pueril. Aún así, encomiable energía y solidez musical sobre las tablas.

Una de las bandas que más expectación despertaba el sábado eran los toledanos The Sunday drivers, sin duda la revelación del pop independiente nacional del año. Son un grupo que en directo demuestra una inmaculada ejecución para unas canciones con gancho que se mueven dentro de esquemas clásicos. Lo suyo es el pop de calidad sobre fórmulas prefijadas. Melodía, rasgueos acústicos y armonías vocales. Y los Beatles, The Kinks u Ocean colour scene, que actuaron la noche anterior, como referencias indiscutibles. Componen muy asentados sobre un legado, pero en directo suenan elegantes y tremendamente efectivos, algo que hace de su música cualquier cosa menos indigna. Tienen la facilidad de componer buenas canciones y estribillos de esos que quedan en la cabeza a la primera de cambio, como se ve en su single 'On my mind', canción con la que abrieron una muy buena actuación.


La buena vida

Tras ellos, La buena vida. Los donostiarras avisaron de que la de Metrorock sería su última actuación el resto del año. Y después ofrecieron su pop de calidad, enmarcado dentro del 'Donosti sound', y lleno de ambientes orquestados, tristes y melancólicos. Muy recomendables para dos o tres canciones, pero quizá un tanto monótonos en su totalidad para muchos de los presentes.

En las antípodas de ellos, Def con dos. Los madrileños se han reunido de nuevo hace poco con su hardcore combativo cómo bandera. Sin duda han sido una de las bandas más políticamente comprometida de la década de los 90, con el estrambótico Cesar Strawberry cómo cabeza pensante y su particular idea de combatir contra la estupidez generalizada que rige el mundo. La reagrupación hacía que los madrileños fuesen uno de los platos fuertes de la velada del sábado. Salieron quemando gasolina, como solo ellos saben hacer, con mucho movimiento sobre el escenario y alternando riffs de guitarra cortantes con rimas no menos incisivas. Proclamas y soflamas entre canción y canción hicieron de su actuación una bomba de relojería entre la que cabe destacar una pieza imprescindible, un batería con una contundencia que en pocos se ha visto. Cerraron con uno de sus grandes éxitos, 'El día de la bestia' incluida en la película del mismo título y con la que en su día se abrieron a la audiencia masiva.


Josele Santiago

Media hora después Josele Santiago tomaba el mismo escenario desplegando una gran personalidad, pulida desde el cancionero americano, que adapta a nuestras coordenadas geográficas y a la que imprime una imagen tanto bohemia como baturra. La actuación del antiguo Enemigos rozó la perfección. Con cierto aire decadente y melancólico, acompañado de un bello e inolvidable piano, fue repasando su disco en solitario, 'Las golondrinas etcétera', con parada en los cuadros costumbristas y a veces crípticos de "Mi prima y sus pinceles", "Ole papá", "Borrico" o "Con las manos vacías", de aplastante lírica ('y ponerme a gritar / que el amor es mentira'). La elegancia y la experiencia se unieron en Metrorock por momentos, al igual que hicieron jóvenes y no tan jóvenes en un mismo vehículo, el de la música hecha con buen gusto.

Pero la verdadera sensación de esta edición de Metrorock era el americano Beck, un músico que siempre se ha caracterizado por ir a ritmos distintos y avanzar creativamente a saltos respecto a los pasos de otros artistas. Un freak, un genio, un loco, un excéntrico; en la música de Beck todo vale y todo a su vez suena con sorprendente coherencia. Cierto es que de tal cóctel se deriva una carrera con nubes y claros, si bien cuando el aparentemente tímido rubio acierta con una composición, saltan chispas. Tomó el escenario acompañado de una banda, pero él mismo terminó por tocar casi todos los instrumentos. Guitarra acústica, eléctrica, batería, percusiones, panderetas, banjos.. . Parada en su reciente trabajo, 'Güero' y repaso de obras anteriores, dejando de lado el intimista y folkie 'Sea change' para centrarse en sus temas más movidos. Fue así una actuación de marcado carácter festivo y brillante terrenos musicales, como demostró una parroquia totalmente entregada. El delirio colectivo llegaría de la mano de 'Devil's haircut', el imprescindible himno generacional 'Loser' o la discotequera 'Sexx laws', una de las mejores de la noche. En los últimos compases el americano se descolgó con un pequeño set acústico, en el que demostró ser también un gran interprete en las distancias cortas. Incluso aquí no descuidó a su banda que, sentada a la mesa y comiendo sobre el escenario, para sorpresa del público, le acompañó con un juego percusivo de tenedores y cucharas sobre platos y vasos. Con poco más podía sorprender Beck y, aún así, volvería al escenario una vez más para ofrecer un bis acompañado de músicos vestidos con monos blancos y cascos de motorista. Lo dicho, un genio loco.


Beck

Texto: Miguel Martínez de la Cruz. Fotos: M.M.C