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Yann Tiersen [12 julio 2005, BTM, Barcelona] Prólogo. En las últimas décadas, el cine y la publicidad se han convertido en un metrónomo que marca lo que se escucha y lo que no se escucha. Por ello, siempre hay que tener presente que lo importante es el origen, no el medio. El medio transmite, sí, pero hay que rebuscar y rebuscar entre la basura hasta llegar al origen. Con Yann Tiersen ha ocurrido lo que no tenía que ocurrir. El público se ha quedado en el transmisor, en la banda sonora de Amelie, esa gran película que ha tocado la fibra sensible de la masa, que por una vez en la historia (esto solía ocurrir una vez cada mil años, pero ahora los ciclos se acortan a velocidades inimaginables) se ha puesto de acuerdo en una decisión: ser romántica, amar los pequeños detalles y disfrutar de la vida como si fuera un sueño de texturas siempre deliciosas. Qué bonito es el mundo. Qué melancolía incurable. Qué maravilla. Vayamos en bici a todas partes. En fin, dejémoslo aqui. Vamos al origen. Capítulo Primero. Él es esa luz roja de un cigarrillo que se mueve en la oscuridad del escenario. Presenta a sus músicos. Comienza el espéctaculo. Primeros segundos de una hora de instrumentos peleándose con ellos mismos. "Monochrome" sube cinco grados el termómetro del BTM. Llega el acordeón y se esconde tras él. Hipnotizado, agarra el violín, se queda solo y ejecuta el que iba a ser el mejor momento del concierto: "Sur le fil". Jimi Hendrix resucita y toma forma. Se retuerce, rompe las tiras del arco, se cae. El público brama a sus pies. Sin inmutarse, vuelve a la carga colgándose las seis cuerdas, dispuesto a cantar de nuevo. El guitarrista se coloca un globo sobre las cuerdas de la eléctrica, se lame los dedos y empieza a sacar ruidos de los entresijos de la electricidad. No alcanzan la experimentación. Todo está calculado al milímetro. Se puede comprobar cada vez que Tiersen se agacha a tocar el piano de juguete y el minixilófono a dos manos. "Le Banquet", "Le Quartier" y "La Crise", brutales, a punto de explotar, sin palabras. Con el corazón dando gracias por estar allí. Limpio y potente y sucio y directo. Rock (francés instrumental minimalista, dirían los expertos...) en estado de gracia. Capítulo Segundo. El respetable aplaude sin cesar. Todos quieren quedar satisfechos. Esperan los clásicos. Esperan que la pequeña y dulce Amelie Poulain aparezca y les cuente un cuento. Bien para cerrar los ojos y volar, bien para llamar a esa chica que está con otro y enamorarla definitivamente. Pero no. Yann vuelve sobre lo mismo. Da vueltas y vueltas sobre su voz (de la que te cansas pasadas tres o cuatro canciones). Se repite sin cesar sobre los mismos giros ruidistas y finales caóticos. El guitarrista espectáculo -sorprendente su sliding con una baqueta- canta una en inglés y no puede hacerlo más mal, pero resulta gracioso. Su último disco, "Les Retrouvailles", aparece de vez en cuando de manera introvertida y fugaz. De pronto vuelve al acordeón y toca una del memorable film de Jeunet. La gente interrumpe el comienzo con vitores y palmas. Un minuto y medio después (cronometrado) retorno a lo mismo y el noventa por ciento de los allí presentes respira hondo y se remueve sobre su asiento. "Por lo visto", se comentan al oído los incondicionales, "esta gira está planteada así". En nuestras mentes, una pregunta, ¿Por qué no toca el piano? Termina. La mitad en pie. Aplausos y más aplausos. Quejas y más quejas. Capítulo Tercero. Faltó "Le moulin", "Comptine d'un autre ete", "La Chute", "L'absente". Faltó Christian Quermalet cantando "Les Jours Tristes". Y "La Parade" y "La rupture" y "Rue de Cascades". Faltaron cuerdas, vientos y voces. Faltaron cachivaches. Faltó el piano. Ese maldito piano, el instrumento que mejor toca, con el que mejor se expresa. Así hubiera sido uno de los mejores conciertos de nuestras vidas. Pero este jodido genio prefiere hacernos rabiar, no sabemos si con la gracia de un niño caprichoso o con la mala hostia de un poeta cabreado con los tópicos. Sea como fuere, Yann Tiersen da para mucho. Tanto que puede y debe y tiene que hacer lo que quiera. Para eso es el arte. Para expresarse, y no para satisfacer a los demás. Así y sólo así perdura. El arte esté contigo, amigo Yann. Y que sea con la misma valentía por mucho tiempo. ¿Fin? Unos vuelven a casa enfurruñados. Otros esperan sentados a que el francés salga por quinta vez y toque ese famoso vals que oyeron tantas veces mientras conducían, lloraban o hacían el amor, aunque sea (o fuese) con las luces encendidas. Y otros, los pocos, salen felices. Escrito por Adriano Galante |
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