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Rock in Río [27 junio 2008, Arganda del Rey, Madrid]


Neil Young enciende la ciudad del rock


Neil Young - The needle and the damage done



Una chica joven se acerca al chico de camiseta y vaqueros que acaba de entrar al recinto y trata de convencerle de las diversas ventajas de una nueva tarjeta de crédito. Cuando éste logra burlarla, otra chica uniformada se le acerca para regalarle una muestra comercial de una marca de dentífrico. Superado este primer acoso comercial el joven mira a su alrededor. A ambos lados de una gran fuente circular se suceden franquicias de comida rápida, firmas de ropa y varios puestos con actividades auspiciadas por empresas del sector de las telecomunicaciones. Altavoces escupen música mientras que, para combatir el calor, una chica reparte abanicos con un patrocinador impreso. Aunque lo parezca, esto no es un centro comercial, es Rock in Río. El multitudinario festival de música, que por primer año se celebra en Madrid, se asemeja más a una gran superficie comercial con hilo musical de fondo que a un macroconcierto.

Según defienden sus propios organizadores, Rock in Río es mucho más que eso; encarna un concepto de vida ligado a otros como la paz, la solidaridad, el ecologismo o el desarrollo sostenible. Y es verdad, no es un festival musical al uso: de entrada en él los logotipos de famosas marcas comerciales inundan todo cuanto esté a su paso. Lo cierto es que este gigante supermercado al aire libre, paraíso de las firmas de moda y comida rápida, es digno de aparecer en cualquier libro o ensayo de Naomi Klein o Noam Chomsky. Pero Rock in Río también ofrece muchos tipos de entretenimiento, actividades que garantizan al público diversión entre concierto y concierto. Una noria gigante, una pista de hielo cubierta o un gigantesca tirolina sobre el escenario principal, entre otras atracciones, adornan la llamada “Ciudad del rock” para regocijo de los asistentes. Y aunque contribuye a acrecentar esa sensación de artificialidad global, el césped de plástico plantado para la ocasión hace más cómoda la asistencia a los conciertos y evita las desagradables y tan comunes capas de polvo de este tipo de eventos.


Respecto a la música –la de los conciertos-, hay de todo. Como es previsible, en un cartel demasiado ecléctico y deslavazado, resaltan una serie de ofertas por puras y auténticas. Es el caso de Loquillo. Muy buen concierto el de “el loco”, un tío sobrado de chulería y personalidad y con años de música a su espalda. Poco varió de sus actuaciones anteriores. Él es fiel a su estilo, a sus trajes de chaqueta, gafas de sol y movimientos sobre el escenario. Tocó algunos de sus clásicos, algunos de ellos firmados junto a Sabino Méndez, como “Feo, fuerte y formal”, “Rock and roll star” o “Cuando fuimos los mejores” y dejó espacio para alguna que otra composición de su nuevo trabajo, “Balmoral”, como la estupenda “Cruzando el paraíso” o “Sol”. Loquillo logró mover al variado público que apuraba los últimos rayos de sol en el escenario Hot stage.

Mientras, en el escenario principal, una Alanis Morissette, en avanzado estado de gestación y cargada de azúcar, ofrecía un concierto aburrido y plano. Ya casi de noche, Jack Johnson logró entretener con su pop suave, acústico y cálido, cercano a Ben Harper (su padrino musical), y Manolo García se limitó a cumplir, eso sí; muy entregado, con el guión que pedía su vasta legión de aficionados.

<< Rock in Río parece más un centro comercial con hilo musical de fondo que un macroconcierto >>


<< Young sacó brillo a viejas joyas llenas de valor, pero sin artificios, de aquel "Harvest" de 1972 >>



Y (por fin) llegó el rock…

Con Neil Young ocurrió lo que debería haber ocurrido horas antes. A excepción de Loquillo, comenzó entonces la fiesta del rock en el festival que, precisamente, se llama Rock in Río. El canadiense, uno de los mentores del rock de los setenta para algunos y abuelo del grunge para otros, hizo un concierto de largo recorrido por más de 30 años de carrera y dio toda una lección -es el valor de la experiencia- de lo que debe ser un concierto. A sus 62 años, Neil Young demostró ser una bestia sobre el escenario y un maestro de la guitarra. El primer tramo de su concierto fue incendiario, con clásicos como “Cinnamon girl” o “Hey hey, my my (out of the blue)” –simplemente apabullante- saturados de ruido.

Tras una primera parte llena de punteos imposibles y desarrollos de guitarra interminables, el viejo Neil se colgó la acústica y sacó brillo a viejas joyas llenas de valor aunque sin artificios. “Heart of gold”, “Old man” o “The needle and the damage done”, sacadas de aquel maravilloso “Harvest”, de 1972, sonaron bonitas y tan frescas como un campo de trigo mecido por la brisa nocturna.

Fue un remanso de paz tras tantos decibelios. Las guitarras volvieron y se expandieron hacia terrenos progresivos, como en la delicada e hipnótica “Words”, cuya versión en directo parecía no tener fin, y el bis de 25 minutos –quizá la única mácula achacable al concierto, a pesar de su avanzada edad Young se acercó peligrosamente al onanismo- de “No hidden path”. Aún así, tenía ganas de más y volvió sobre el escenario para entonar el “A day in the life” de los Beatles.

Sin duda, el canadiense firmó el mejor concierto de la primera jornada de Rock in Río, todo un decálogo musical, generoso y lleno de aristas que permitió percibir a los asistentes al festival que estaban viendo al que ya es una leyenda musical. Neil Young se sabe de memoria el callejero de la ciudad del rock.

Texto: Miguel Martínez de la Cruz