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¡Pobres Madee!, pensaban muchos mientras anochecía en las puertas de la sala Moby dick. Se daban la paliza de
venir a Madrid a tocar, presentaban con ilusión además su nuevo DVD 'We should take our chances', y apenas una docena de personas se
agrupaban en la sala. Falsa alarma, cuando salieron a afinar los instrumentos el público había crecido de forma sorprendente, quedando en
relieve que los de Cabrils, a pesar de alzar tímidas voces dentro del panorama musical nacional -no porque así lo quieran o por falta de
calidad, sino por lo difícil que es hacerse un hueco en la música- tienen poder de convocatoria.
Quizá muchos evitasen de forma premeditada una
presentación del DVD que se extendió mucho más de lo que debía,
hasta resultar tediosa y petulante, y que si alguien estaba interesado
en ver, solo tenía que comprar el compacto a la entrada del concierto
y ponérselo en su casa. Menos mal que Madee ofrecieron también música,
empeño en el que fueron sin duda gratificantes y generosos. Sonido
muy limpio, gran conjunción entre el sexteto, un gran vocalista
como Ramón Rodríguez y un amplísimo repertorio.
Recorrieron su discografía, compuesta ya por tres discos,
centrándose por igual en temas nuevos y viejos. Fue un concierto de regalo
para los más incondicionales, que abarcaría desde la ingenuidad de los
comienzos -la genial canción que es 'The greatest parties' a pesar de
sus ineludibles referencias a los Cure- hasta la solidez y personalidad
propia plena del presente con, quizá, 'A ghost' o 'Mintaka' cómo los mejores
momentos de la noche. ¿Los mejores? No, no fue así. Desde que empezó la
actuación, con 'Hide', que abría su primer disco, todo el público esperaba
ansioso oír una canción. Y conscientes de ello, la dejaron para el final.
Se trataba de 'Orion's belt', que da título a su último
trabajo y que es, sin duda, el mejor tema que nunca han compuesto. Intenso,
emotivo, prolongado, fluctuante en estados de ánimo. Como la vida misma.
Simplemente dejaron caer los casi siete minutos de composición y se fueron
entre calurosos aplausos. Al final la posible debacle de Madee se tornó
en rotundo éxito. Y es para alegrarse, puesto que sobre el escenario demostraron
ser unos tíos muy majos.
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