JOEL ALME 05.09.09 MOBY DICK. MADRID
Primera señal: su discográfica presenta al sueco Joel Alme como un digno sucesor de Jacques Brel, como un preciosista similar a Neil Hannon, de los exquisitos Divine Comedy.
El sello en cuestión define al músico como un crooner, aunque éste sea un tipo musculado y con más aspecto de madelman que de músico bohemio, escuálido y de elegancia dramática o arrabalera.
Segunda señal: la adquirida, una vez hechas las presentaciones, de la escucha de “A master of ceremonies”, el álbum de debut del sueco. Un trabajo vitalista y con aroma embriagador que le ha hecho cosechar buena fama y grandes críticas dentro de su país. El debut en cuestión, cumple, y con nota, como un ejercicio de pop luminoso y vibrante. El disco es brillante. Hay buen gusto. Y como prueba, los cuidados arreglos orquestales que adornan las canciones huyendo de lo pomposo.
Tercera señal: la del directo. Y es en la Moby dick donde la cosa no termina de cuajar, aunque el músico se rodee de una banda de siete miembros para trasmitir las sensaciones que grabó en el estudio. No termina de conseguirlo. El único atisbo de malditismo que se aprecia en el sueco está en su voz, que parece dañada tras una buena noche de jarana. La banda lo intenta, y durante momentos, consigue hacer despegar el concierto. También canciones como “The Queen’s corner”, “When the moon shake” o la folkie “A Young summer’s youth”. Pero la cosa termina pronto, demasiado pronto, y deja un leve poso de indiferencia. No fue la noche de Joel Alme.
Sirva como metáfora: el crooner luce sobre el escenario una camiseta de tirantes y en ella no están las medallas propias de una vida noctámbula al límite, pero sí lámparas.
Por M.M.C.



