JOSH ROUSE 29.01.09 EL SOL. MADRID
Josh Rouse: un buen músico, aunque no novedoso. Eso sí, el cantautor norteamericano afincado en Altea tiene un mérito, el de ser un tipo con gancho, una suerte de tímido carismático.
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Con esos rasgos, ha forjado su carrera y ha pasado, tras un puñado de buenos discos, de la trastienda del pop indie a ser un secreto a voces. Aquí, en España, el de Nebraska es un cantautor medianamente conocido, tanto por sus obras mayores en clave folk americano –el excelso “Nashville”- como por “Subtítulo” (2006), ese disco fruto cálido de su convivencia mediterránea y por amor a la española. Desde que Rouse se afincó en Valencia, es común verle por nuestros escenarios. Esta vez, la cita vino a cuento del 30 aniversario de la Sala Sol, y para la ocasión Josh Rouse se rodeó de un español, Raúl Fernández, Refree; este sí, un secreto aún por descubrir. El concierto comenzó con la placidez de “Sweetie” y “Quiet town”, dos pequeñas maravillas. Rouse, cómodo en el escenario, hizo parada en casi toda su discografía, que suma ya siete discos, y de la que rescató piezas como “Winter in Hamptons”, “It looks like love”, “Sad eyes”, “My love has gone”, “Hollywood bass player” ó la coreada “Come back”, de ese disco tan cool y que le catapultó a la fama que es “1972″. |
Rouse parece cómodo con su experiencia española. Tanto, que se atrevió con dos inéditas en castellano. Una de ellas, “Camino de la playa” tuvo mucho de chiste irónico: si en “Quiet town” fue un gran cronista del sosiego mediterráneo, en ésta, cantó a los tópicos de la España del Sol y de los camareros. Así quizá sea Josh Rouse, un tipo guasón. Va a ser que las apariencias engañan. Ya en los bises, sólo él con su acústica, movió y encandiló a los presentes con el optimismo de “Love vibration” y “Slaveship”. Ay, del discreto encanto de la sencillez.
Por Miguel Martínez de la Cruz



