EXPLOSIONS IN THE SKY. 21.03.04 MOBY DICK. MADRID
Explosions in the sky y Camping demostraron, un frío sábado noche en la madrileña sala Moby Dick, la versatilidad que permite el sonido (etiquetas aparte) conocido como post-rock. Un género que hace volar en el tiempo y olvida las estructuras básicas de las canciones, permitiendo una total creatividad al músico, que juega a su antojo con los sonidos y compone bajo un total clima de libertad.
A esa fórmula se acogió el quinteto barcelonés Camping para su actuación madrileña, dejando fluir esquemas que, sin aparente cohesión, acababan formado piezas rellenas de espacios atmosféricos. Apenas en tres canciones dejaron claro de qué va su “Photo finish” y que son uno de los pocos grupos nacionales -por cierto, recordaron en su último corte a los iruneses Lisabö- que se atreven a jugar con la experimentalidad que caracteriza a los prefijos post sin ningún tipo de tapujos.
Tras una presentación en un más o menos decente castellano y unas cuantas bromas -las únicas palabras que oiríamos en el resto de la noche- Explosions in the sky, presentando desde Texas su largo “Earth is not a cold death place”, se mostraron hábiles en el despiste por medio de la varianza de tempos, sorprendiendo y retorciendo a su antojo largas canciones de imprevisibles desarrollos y centradas en los contrastes. El cuarteto se muestra cómodo en la alternancia de partes ruidosas con partes minimalistas y vende su propuesta sobre una balanza que oscila entre ambos conceptos, a veces de forma cortante, casi siempre sorprendente, pero nunca con brusquedad.
En escasa hora y cuarto desgranaron un repertorio sin pausas (más de uno creería oír una única canción), con hueco para los más bellos y evocadores pasajes, síntoma del mejor rock emocional, y espacios de extrema crudeza, con bandas como Slint o Sonic Youth sonriendo desde el backstage. Una actuación sincera y orgánica, organizada en un progresivo crescendo y basada en esos principios básicos del rock que hablan del sonido estándar de ‘batería-bajo-guitarra’, junto a una carencia vocal que posibilitó una máxima expresión bajo el único vehículo de la pureza de la música.
Y lo que es mejor: dicha amplitud de miras, junto al poder sugestivo y narrador de historias con los instrumentos cómo únicos oradores, permitieron que cada uno de los asistentes pintase en su cabeza su propia visión de unas emociones que los texanos ofrecen sin nombres.
Por Redacción InCircles


